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AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS
(por LuisM.)
Básicamente, los españoles nos distinguimos
del resto de la humanidad porque poseemos estos tres valores
fundamentales:
· El ejercicio diario de la siesta de 4 a 6, hasta
que aparecieron las telenovelas.
· La exaltación de nuestros orígenes:
vascos y catalanes viven permanentemente exaltados y, en
consecuencia, el resto de los españoles, también.
· El empeño en recuperar todo tipo de tradiciones
tales como enseres, costumbres, bailes, canciones, la ruta
del lobo y los exámenes de reválida
¿Por qué os cuento esto? Porque sobre este
último punto se va a centrar el próximo monólogo,
sobre la etapa escolar que nosotros vivimos y la que viven
nuestros hijos.
MONÓLOGO
¿Creéis que cada reforma de la enseñanza
aporta algo nuevo? ¡Pues no! Siempre aprovechan para
recuperar algún sistema que se utilizó anteriormente,
como nosotros hemos recuperado la maja a manal.
Para empezar, os diré que ya en nuestros tiempos
existían lo que ahora llaman ciclos de enseñanza.
Que yo recuerde, en la escuela teníamos dos ciclos:
el de cartillas y el de enciclopedias. El ciclo de cartillas
comprendía la Primera Cartilla, la Segunda Cartilla
y la Tercera Cartilla, e incluso, durante algunos años
llegamos a dar también la Cartilla de Racionamiento.
Tras este ciclo, ya nos habíamos hecho mayores y
venía el de enciclopedias, con la Primera Enciclopedia,
la Segunda Enciclopedia, y dábamos por finalizados
nuestros estudios con el Libro de Familia. ¡Y aquí
nos tenéis! ¡Sabemos todo lo que hay que saber!
¿o no?
¿Dónde está la diferencia? Pues, fundamentalmente
en el número de libros. Antes dábamos un único
libro por año. De tal forma que si alguien andaba
por ahí con varios libros bajo el brazo, es que te
mosqueabas y te entraban ganas de preguntarle: "¡Oye
tú! ¿Repites curso, o es que tu padre no siembra
ferraña?" ¡Con la de cosas que había
que hacer en los nabales! ¡Como para ponerse a estudiar!.
Hoy, en cambio, que si Matemáticas, que si Lengua,
que si Inglés
y por si fueran pocos libros,
también hay que tener en casa toda una colección
de diccionarios enciclopédicos. Aunque, si os digo
la verdad, puede resultar hasta interesante pues con la
de cosas que te regalan con cada diccionario de esos: el
vídeo, el mueble, el DVD
pones una mesa y un
tresillo y amueblas el salón, que se dice pronto.
Y ya que estamos hablando de diccionarios, permitidme un
inciso para comentaros que, como diccionario enciclopédico,
el que tenía el señor maestro en la escuela
sobre su mesa. ¡Joder! ¡Aquello sí que
era un compendio de sabiduría! ¡Allí
venía todo lo que había que saber!.
¡Hombre! No te decía expresamente que los
Reyes Católicos se llamaban Isabel y Fernando. No
daba tantas pistas, pero ponía bien claro que NO
fueron Josefina y Napoleón. No te decía con
qué jabón tenías de lavarte las manos,
pero sí era muy rotundo en especificar que NO las
podías llevar como si hubieras estado arrancando
patatas. No venían todos los sitios por los pasa
el Guadalquivir, pero sí que desde Burgos NO lo ven
ni de lejos.
¡Lo que aprendimos con aquel diccionario! Además,
no hacía falta abrirlo. Todo el conocimiento estaba
concentrado en la tapa y se transmitía a la cabeza
como por ósmosis. Y cada año que pasaba perdía
algo de grosor. Cada vez más fino, cada vez más
fino. Porque lo dejaron de utilizar que, si es por grosor,
conseguimos el CD-ROM antes de que lo inventaran los japoneses.
Y no veáis qué éxito entonces.
Volviendo al tema, el paso de un ciclo a otro nosotros
lo celebrábamos fuera de casa, básicamente
en la era subidos a un trillo. Que terminaba el verano y
la cabeza no te daba vueltas, centrifugaba.
Ahora también lo celebran fuera de casa porque directamente
se van de excursión. Pero no un bocadillo y a El
Escorial en autocar, no. En avión y, como muy cerca,
a Italia.
Así, estás tan tranquilo y te viene un día
el chaval:
"- Papá, que en mayo nos vamos de excursión
a Roma"
Adiós al presupuesto para quitar las goteras al
pajar de la Milana
"- Hijo, y eso ¿cuánto cuesta?"
"- Mil quinientos, papá. Pero nos lo vamos a
financiar nosotros, ¿eh?"
A ver si es que estos chicos de ahora son unos fieras de
la economía y yo tomándoles por inútiles.
Total, que uno se olvida del tema hasta que, otro día
tranquilo, el crío llega a casa con un paquete y
me dice:
"- Papá, tienes que venderme esto en tu trabajo.
Es para costear el viaje de fin de curso. Yo tengo que estudiar"
Ya me parecía a mí mucha casualidad que el
premio Nóbel de Economía siempre se lo dan
a una persona muy mayor de otro país.
"- ¡Ah!, pero ¿tú estudias?".
Examino el contenido del paquete y esto es lo que tengo
que vender: 8 talonarios de 100 rifas cada uno, con la inscripción:
"El poseedor de la papeleta cuyo número coincida
con las cuatro últimas cifras del número premiado
en el sorteo de la ONCE de la fecha tal y tal, será
agraciado con un tocadiscos. Viaje de fin de curso de los
alumnos de la ESO del Colegio Padres Capuchinos". (Y
digo yo
aún se rifan tocadiscos o es que en
la imprenta no cambian los clichés?)
Y es que en nuestros tiempos también hacíamos
excursiones, pero no armábamos tanto jaleo ¡coño!.
Además, utilizábamos un método infalible
para persuadir al señor maestro: al regresar de la
comida, todos a una y como si nadie dijera nada, se oía
como un "sión, sión, sión, sión
..
sión, sión, sión,
.". Y
mira que lo hacíamos bien ¡oye! "sión,
sión, sión, sión
.". Parecíamos
el Coro de Niños Ventrílocuos de la Sierra
de la Culebra.
Si el señor maestro estaba de buenas, nos tirábamos
toda la tarde por el campo y nuestros padres sin la preocupación
de que si se estrellará el avión, si comerá
bien, si se cambiará los gayumbos,
Total, lo
peor que nos podía ocurrir era que nos encontrásemos
con los perros del ganao del ti Vítor.
Lo que sí nos hubiera venido muy bien era que algún
profesional de la pedagogía nos hubiera enseñado
a jugar, como hacen con los niños de ahora. Porque
lo que es jugar, jugábamos poco. No es que no nos
gustase, es que no sabíamos jugar, siempre la liábamos.
Por ejemplo, se te ocurría un día jugar con
la única piedra de carburo para candil que quedaba,
con tan mala suerte, tan mala suerte, que a la hora de cenar
se iba la luz y tu padre estrenaba cinto. ¡La de cintazos
que recibía la escandilla!, como estábamos
a oscuras.
En la trilla, se volcaba el saco de grano a tu tío,
ese tío que siempre cuida de los sacos de grano en
las trillas, pero realmente cuida del barril. Tú
no tienes la culpa de nada, pero como estabas a 150 metros
de allí jugando con el carretillo de la trilladora
¡Halaaa, a probar cinto! Y toda la trilla increpándote:
¡Este niño es un castigo! Y tú, rojo
como un tomate.
Habías estado jugándote el físico
aprendiendo a montar por debajo de la barra con la única
bicicleta de la familia, y tu hermano mayor, no es que le
molestara, pero como ese día estrenó cinto
¡más estopaaa!
Y es que tenías la sensación permanente de
que, más que formar parte de una familia, formabas
parte del proceso de elaboración del lino en la fase
del espadao. Que cuando te acostabas, allá por donde
pasabas ibas calentando la casa. Pero como eso ahora no
está bien visto, cuando hace frío, hay que
poner la calefacción.
Muchas gracias.
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