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Con sotana y a lo loco
"La sotana es esa vestidura talar, negra, ajustada
por el cuerpo, abotonada por delante de arriba abajo, que
usan los eclesiásticos como traje ordinario".
(María Moliner dixit)
Sin ser eclesiástico ni tener inversiones en Gescartera,
me puse una sotana en cierta ocasión con motivo del
bautizo de Matilde. Alguien tenía que hacer de cura,
y me tocó. Os aseguro que mola un puñao vestir
una sotana. La gente te mira con aire de misterio, no sé...
como si mentalmente estuvieran convirtiendo euros a pesetas,
como si fueras un piloto de Iberia y como diciendo: "¡Qué
pena de hombre! ¡Qué desperdicio!". Vamos,
que te sientes observado.
Todo el mundo te respeta, todos te sonríen, y las
tías.... ¡las tías en el bote!! ¡Que
se derriten, colegas¡ ¡Se liga un huevo! Si
quieres ir bien vestido a una fiesta, déjate de pijaditas
carísimas, Burberry, Paul & Shark, Armani, Don
Algodón,... una sotana bien sobada es lo que mola.
Pero la sotana es una prenda incómoda cuando toca
ir al baño. Si vas en gayumbos, vale, pero como lleves
pantalones... Ufff! Te lo voy a contar para que te hagas
una idea de lo embarazoso que puede llegar a ser:
Me encontraba yo disfrazado de cura, con la gente de Sevilla,
preparado para dar comienzo al bautizo, y en un momento
dado noté unas inoportunas ganas de orinar. Me dirigí
a los lavabos. El episodio ya comenzó mal pues mi
intención era introducirme en un retrete individual
en lugar de utilizar los urinarios, los cuales están
más expuestos al público y no me veía
yo con suficiente destreza para realizar esa tarea embutido
en una sotana.
Comenzó mal porque todos los retretes estaban ocupados
y tuve que esperar hasta que alguno quedara libre. En la
espera, transcurrió tiempo suficiente como para verme
obligado a dibujar en el aire, con la mano derecha, una
decena larga de bendiciones a todos los que, asombrados
no sé por qué, me hacían una reverencia
al entrar en los servicios. ¿Qué se creían?
¿que los curas llevan dodotis? ¿O que van
sondaos? Si te has tomado cuatro cañas, seas nuncio
cardenalicio o monaguillo, tarde o temprano has de ir a
cambiarle el agua al canario.
¡Por fin! Mi vejiga comenzaba a apremiar cuando se
abrió la puerta de una de las letrinas. Me abalancé
sobre ella y, fue tal la rapidez con la que me introduje,
que casi coincidimos los dos en el compartimiento, el viejecillo
que salía y yo: "¡Vamos, buen hombre!
No hace falta que tire de la cadena, ya lo hago yo"
le dije empujándole fuera. ¡Jo...er!, que me
estaba meando encima. Y al tío no se le ocurre otra
cosa que decirme: "Que Dios se lo pague señor
cura". ¡Será cretino!. Ahora resulta que
uno también va al baño a hacer obra social.
Una vez salió, cerré la puerta y enseguida
me di cuenta de que me había metido en un berenjenal
con forma de váter. ¡Rayos! la jodida toga
no tenía otra cosa que botones: cincuenta y siete
distribuidos uniformemente desde el alzacuellos hasta los
pies.
"¡Serenidad!, no nos pongamos nerviosos ahora,
¿eh?". Calculé más o menos la
altura y desabroché seis botones hacia arriba y otros
seis hacia abajo (por precaución), dejando al descubierto
un boquete de doce botones. Meto mano, ¡Vaya! la cremallera
del pantalón. ¡Venga! A bajar la bragueta.
Vuelvo a meter mano, ¡ahivá! la camisa que
me llega hasta las rodillas. ¡Halaaa! A apartar la
camisa. Sigo metiendo mano, ¡los gayumbos! Jo..er,
cuando me la encontré, comencé a dudar si
sería capaz de atravesar todo aquel armario ropero
en ambas direcciones y no ponerme perdido en el intento.
Como lo dudé demasiado, decidí dejar todo
como estaba y continuar desabrochando botones de la sotana
hacia abajo hasta llegar al final.
Para entonces estaba yo oprimiendo con mi pierna derecha
medio doblada, mi otra pierna, en un afán desesperado
de evitar una catástrofe. Aparecieron los primeros
sudores. Uff!! Uuuff!!!
Con la sotana abierta desde la cintura hasta los pies,
la cosa no mejoró mucho. Necesitaba al menos una
mano libre para asirme el miembro y dirigir el chorro hacia
la taza, y las dos manos las tenía ocupadas en separar
ambos lados de la sagrada prenda. Josss!! ¡Qué
hago? ¿Abro la puerta y le digo al primero que pase:
"Por favor, ¿me la sujeta?"? ¡La
polla no, jodeer. La sotana! ¡Ganas de tocarle a uno
los huevos!
Finalmente no solicité ayuda, me dio vergüenza.
Ahora era la pierna izquierda, medio doblada, la que oprimía
la derecha. El sudor era patente y mi vejiga la presa de
Assuan en el río Nilo.
Para liberar las manos, me agaché, cogí ambos
faldones de la sotana y los introduje por el alzacuellos
como si fueran servilletas. Conseguí dejar libres
mis manos para otros menesteres. Pero, hete aquí
que lo abultado de los dobleces impedía que me la
viera ni aún doblándome en ángulo recto.
¡Cielos! A ver si estoy apuntando hacia la tapadera
de la taza y me pongo perdido del rebote. ¿Y si me
lo hago en un zapato?
Aaaayyyy!! Uuuffsss!!!, Uuuffffsss!!!! Estaba empapado
de sudor. Ya no oprimía una pierna sobre la otra,
sencillamente estaba ejecutando un extraño baile
mezcla de rap y jota aragonesa. Me acordé de Peter
Sellers en El Guateque y de lo que nos reímos en
aquella escena. ¡Vaya gracia!
En la desesperación, se me ocurrió lo que
debí hacer al principio. Me deshice de la sotana
como te quitas un jersey y ya pude evacuar como cualquier
hijo de vecino. Aaaaaaaahhhhh! Aaaaaaaahhhhhh! Ah!. ¡Qué
mal lo pasé!
Esperar, que aún no ha terminado la aventura. Salí
de los servicios y, al regresar de nuevo al restaurante,
una camarera que estaba como un camión de mudanzas
internacionales se dirige hacia mí sonriéndome.
"¡Esta cae, esta caeee!", pensé.
¡Ya!
- "Padre, lleva usted media sotana metida dentro del
pantalón", me dice bajito al oído.
- "¡Lo que me faltaba!". Jo...errr, "¡Bendita
seas, hija!" lo de bendita fue por no proclamar a voz
en grito que también llevaba el alzacuellos colgado
de las orejas como si se tratara de unos auriculares.
¡Qué aspecto tan lamentable! parecía
que acababa de tener un tiroteo con Charles Bronson. Menos
mal que, aparte de media sotana, todo lo que tenía
que estar dentro, estaba dentro.
Como habrás observado, para llevar sotana se requiere
cierta experiencia y bastante entrenamiento. Incluso ayuda
externa. Porque si la sotana de un simple cura tiene 57
botones, la del Papa debe tener por lo menos 200, tirando
bajo. Que en todos los los lugares hay categorías.
¿Cómo va a dedicarse Su Santidad, con lo
mayor y torpe que está, a abrochar por la mañana
sentado al borde de la cama toda esa hilera de botones?.
Cuando vaya por el botón número 182 ya es
la hora de cenar. Tampoco creo que lleve velcro en lugar
de botones, con lo que le tiemblan las manos al buen hombre
necesitaría una plomada para alinear la cinta autoadherente.
Estoy convencido de que le ayuda algún cardenal
pelota con ganas de ascender que, al terminar, le dirá
dándole unas palmaditas en el cogote: "¡Ánimo
don Juan Pablooo, que está usted hecho un chavaaal!".
Tras vivir tan intensamente este acontecimiento, creo que
volveré a vestir sotana en la primera oportunidad
que se me presente, pero trataré de encontrar algún
modelo de "sotanas para impacientes", algo así
como los pantalones de los boys, que la agarras por la parte
de los huevos, tiras de ella y ¡zas! te conviertes
en una persona normal.
Bendiciones y otras indulgencias.
Fray GATSBY.
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