Volver al incio

   Casas rurales en Sanabria Carballeda y Aliste
El Buzón de Codesal.org El Tablón Direcciones sobre Codesal  y otros pueblos de la comarcaTienda  
Dónde está
Noticias
Historia
Galería fotos
Turismo rural
Diccionarios
Museo
Las Raíces
Fiestas
Fauna y Flora

Foros Rurales

Chat
Enlaces
Móviles | PDA
Documentos



MUSEO ETNOGRÁFICO SANABRIA - CARBALLEDA:


Argimiro Crespo en el Museo de Codesal en el programa Cuadernos de paso,
emitido en la 2 de TVE el 17 de junio de 2008.

Lección de historia entre viejos aperos

Artículo aparecido en La Opinión de Zamora
sobre el Museo Etnográfico de Codesal


María Martínez García,
Fotogafías M.M. y J.A.G.

Para visitas al museo, contactar con Argimiro Crespo o preguntar en el pueblo por él.

El poeta Argimiro Crespo relata a los visitantes del Museo Etnográfico de Codesal los antiguos usos de los objetos que reúne la colección

«Si estos aparatos pudieran hablar, contarían historias», dice Argimiro Crespo a la entrada del Museo Etnográfico de Codesal, inaugurado en 1999.

No lo hacen ellos, pero no habrían podido encontrar mejores intérpretes que las palabras de este poeta carballés autor de varios libros como "Poemas y leyendas", "Cartas a Minerva" y "El sauce llorón".

El edificio de las antiguas escuelas de Codesal, municipio perteneciente al Ayuntamiento de Manzanal de Arriba, fue rehabilitado como Museo Etnográfico hace tres años con la colaboración de la asociación de desarrollo local Adisac y la agrupación cultural "Raíces", de la que partió la iniciativa. «Se hicieron muestras de objetos antiguos durante la Semana Cultural en varias ocasiones, hasta que decidimos crear esta colección permanente con donaciones de los vecinos», explica Argimiro Crespo, guía de lujo del museo, que cuenta con unas 600 piezas. «Aún quedan cosas por recoger, ya que parece que los residentes se han convencido de que donde mejor pueden tener sus antigüedades es aquí, limpias y bien guardadas». Desde su puesta en marcha, el centro ha recibido numerosas visitas, autocares llenos de excursionistas hacen un alto en la localidad porque han oído hablar del lugar, «estudiantes de las universidades de Salamanca y Complutense de Madrid quedaron encantados, así que estamos muy contentos de la acogida que ha tenido», se congratula Crespo.

Una de las secciones más originales es la dedicada a la moda de la época, y se abre con el "mantón de pardo", prenda femenina de color marrón o negro. La ropa interior de lino fabricada en los talleres de la comarca, los refajos, las alpargatas y los zuecos, en cuyo tacón «las más de las veces se ponían herraduras cuando las calles no estaban aún empedradas», junto a la fusta de la caballería o la alforja de colgar al hombro son algunas de las curiosidades de este apartado. Y no falta la percha, que da pie a Argimiro a enriquecer la explicación con una de sus múltiples vivencias, ya que se convirtió en arriero a los once años, suministrando aceite y petróleo a los pueblos de la zona hasta el inicio de la Guerra Civil, «la Carballeda era zona de muchos vendedores, la mayoría con caballería, pero también existía el arriero carromatero, que transportaba las mercancías traídas desde Benavente o Zamora. Los mayores me decían, si vas a una casa y ves una percha con seis o siete brazos, dales fiado porque ahí son pudientes».

El capítulo que tiene a la gastronomía como protagonista comienza endulzando la vista de quien contempla con las típicas chocolateras y el molinillo, «que chupábamos cuando quedaba ahí el chocolate». Muchas de las copas de escanciar y jarras presentes proceden de Portugal, «con ellas hacíamos brindis de rimas variadas. En las ventas, si se iba a acabar una bota y un arriero salía a buscar la suya, los demás se quedaban cantando para indicarle que no estaban bebiendo sin él».

Las medidas de capacidad eran imprescindibles en la profesión: el cántaro, el medio cántaro y la cuartilla, así como los barriles, de cuello delgadísimo, fabricados en Junquera de Tera. El más popular de los recipientes para saciar la sed en el campo, por encima de la bota y el barril de paja, era la calabaza, «se secaban y vaciaban por dentro y después se dejaban todo el invierno en la cocina para que se ahumaran. Lo de dar calabazas se mantiene desde que, en el baile, las muchachas recitaban: tres calabazas tengo, puestas al humo, al primero que llegue se las emplumo».

Pucheros, cazuelas de Pereruela y cucharas hechas a mano completan una sección donde también encontramos las calderas de cobre, de varios tamaños, «las tenían muy limpias en las casas y se utilizaban incluso para calentar el agua de amasar porque no había hornos en todos los hogares. En las más grandes se cocían las madejas de lino con ceniza de roble, que blanqueaba muy bien», comenta Crespo. A su lado se pueden observar los "paizos" de centeno, cuyo objetivo era preservar el suelo y evitar que la caldera se abollara.

El mundo de los niños, con varios "taca-taca" con y sin ruedas, una cuna y una peculiar cama de tijera que las madres «llevaban recogida y después abrían para dejar allí al bebé cuando comenzaban las labores del campo», cierra una interesante muestra que puede apreciar cualquiera que se acerque por la zona y quiera retrotraerse durante un rato a unos tiempos no muy lejanos cuya herencia aún se mantiene en nuestros pueblos.

«Las chiCandiles de carburo y petróleo y un enorme fuelle recuerdan la tradición de herreros y guarnicioneros del pueblo, «Codesal estaba iluminado por la noche en los tiempos en que no había luz eléctrica por las lumbres de los numerosos fuelleros». Los útiles que tienen que ver con la escuela nos dan idea de cómo estudiaban antaño los chavales, portando la maletita, el pizarrín, el tintero y las plumas a clase, «las chicas no iban: mujer que lea en latín, ninguno tendrá botín, se rimaba, sólo estaban bien vistas como amas de casa».

El descubrimiento de un huso nos conduce hasta el lino que era, en palabras de Argimiro, imprescindible en aquella época, «su harina sirvió de cataplasma y pienso para el ganado cuando iba a parir o estaba enfermo. Se podía utilizar como comestible, pero era muy fuerte y había estómagos que no la asimilaban, yo recuerdo haberla probado en la guerra».

La siembra se realizaba a voleo y la planta necesitaba riego, «las flores caídas formaban un tapiz precioso, luego se majaba y se peinaba con el rastrillo. Mujeres experimentadas sacaban las hebras e hilaban en la rueca».

Mención especial merece el manal para majar, «un verdadero arte, cuatro hombres a un lado y cuatro al otro. Teníamos mucho trabajo pero también alegría, todo se hacía cantando». Los útiles para momentos festivos también ocupan su sitio en el museo, que guarda el palo de madera de donde se sacaban las cintas en algunas danzas, «un cura prohibió bailar el lazo en Codesal porque decía que se levantaban las faldas de las mozas y se veían las puntillas», lamenta Argimiro Crespo.


Para visitar el museo, contactar con Argimiro Crespo o preguntar en el pueblo por él.

Codesal.org

Para subir pulse aquí

 
Aviso legal | Una web de Codesal.com