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Para visitas al museo, contactar con Argimiro Crespo o preguntar en el pueblo por él.
El
poeta Argimiro Crespo relata a
los visitantes del Museo Etnográfico de Codesal los antiguos
usos de los objetos que reúne la colección
«Si estos aparatos pudieran hablar, contarían
historias», dice Argimiro Crespo a la entrada del Museo
Etnográfico de Codesal, inaugurado en 1999.
No lo hacen ellos, pero no habrían podido
encontrar mejores intérpretes que las palabras de este poeta
carballés autor de varios libros como "Poemas y leyendas",
"Cartas a Minerva" y "El sauce llorón".
El edificio de las antiguas escuelas de Codesal,
municipio perteneciente al Ayuntamiento de Manzanal de Arriba,
fue rehabilitado como Museo Etnográfico hace tres años con
la colaboración de la asociación de desarrollo local Adisac
y la agrupación cultural "Raíces",
de la que partió la iniciativa. «Se hicieron muestras de
objetos antiguos durante la Semana
Cultural en varias ocasiones, hasta que decidimos crear
esta colección permanente con donaciones de los vecinos»,
explica Argimiro Crespo, guía de lujo del museo, que cuenta
con unas 600 piezas. «Aún quedan cosas por recoger, ya que
parece que los residentes se han convencido de que donde
mejor pueden tener sus antigüedades es aquí, limpias y bien
guardadas». Desde su puesta en marcha, el centro ha recibido
numerosas visitas, autocares llenos de excursionistas hacen
un alto en la localidad porque han oído hablar del lugar,
«estudiantes de las universidades de Salamanca y Complutense
de Madrid quedaron encantados, así que estamos muy contentos
de la acogida que ha tenido», se congratula Crespo.
Una
de las secciones más originales es la dedicada a la moda
de la época, y se abre con el "mantón de pardo", prenda
femenina de color marrón o negro. La ropa interior de lino
fabricada en los talleres de la comarca, los refajos, las
alpargatas y los zuecos, en cuyo tacón «las más de las veces
se ponían herraduras cuando las calles no estaban aún empedradas»,
junto a la fusta de la caballería o la alforja de colgar
al hombro son algunas de las curiosidades de este apartado.
Y no falta la percha, que da pie a Argimiro a enriquecer
la explicación con una de sus múltiples vivencias, ya que
se convirtió en arriero a los once años, suministrando aceite
y petróleo a los pueblos de la zona hasta el inicio de la
Guerra Civil, «la Carballeda era zona de muchos vendedores,
la mayoría con caballería, pero también existía el arriero
carromatero, que transportaba las mercancías traídas desde
Benavente o Zamora. Los mayores me decían, si vas a una
casa y ves una percha con seis o siete brazos, dales fiado
porque ahí son pudientes».
El capítulo que tiene a la gastronomía como
protagonista comienza endulzando la vista de quien contempla
con las típicas chocolateras y el molinillo, «que chupábamos
cuando quedaba ahí el chocolate». Muchas de las copas de
escanciar y jarras presentes proceden de Portugal, «con
ellas hacíamos brindis de rimas variadas. En las ventas,
si se iba a acabar una bota y un arriero salía a buscar
la suya, los demás se quedaban cantando para indicarle que
no estaban bebiendo sin él».
Las medidas de capacidad eran imprescindibles
en la profesión: el cántaro, el medio cántaro y la cuartilla,
así como los barriles, de cuello delgadísimo, fabricados
en Junquera de Tera. El más popular de los recipientes para
saciar la sed en el campo, por encima de la bota y el barril
de paja, era la calabaza, «se secaban y vaciaban por dentro
y después se dejaban todo el invierno en la cocina para
que se ahumaran. Lo de dar calabazas se mantiene desde que,
en el baile, las muchachas recitaban: tres calabazas tengo,
puestas al humo, al primero que llegue se las emplumo».
Pucheros, cazuelas de Pereruela y cucharas
hechas a mano completan una sección donde también encontramos
las calderas de cobre, de varios tamaños, «las tenían muy
limpias en las casas y se utilizaban incluso para calentar
el agua de amasar porque no había hornos en todos los hogares.
En las más grandes se cocían las madejas de lino con ceniza
de roble, que blanqueaba muy bien», comenta Crespo. A su
lado se pueden observar los "paizos" de centeno, cuyo objetivo
era preservar el suelo y evitar que la caldera se abollara.
El mundo de los niños, con varios "taca-taca"
con y sin ruedas, una cuna y una peculiar cama de tijera
que las madres «llevaban recogida y después abrían para
dejar allí al bebé cuando comenzaban las labores del campo»,
cierra una interesante muestra que puede apreciar cualquiera
que se acerque por la zona y quiera retrotraerse durante
un rato a unos tiempos no muy lejanos cuya herencia aún
se mantiene en nuestros pueblos.
«Las chiCandiles de carburo y petróleo y
un enorme fuelle recuerdan la tradición de herreros y guarnicioneros
del pueblo, «Codesal estaba iluminado por la noche en los
tiempos en que no había luz eléctrica por las lumbres de
los numerosos fuelleros». Los útiles que tienen que ver
con la escuela nos dan idea de cómo estudiaban antaño los
chavales, portando la maletita, el pizarrín, el tintero
y las plumas a clase, «las chicas no iban: mujer que lea
en latín, ninguno tendrá botín, se rimaba, sólo estaban
bien vistas como amas de casa».
El
descubrimiento de un huso nos conduce hasta el lino que
era, en palabras de Argimiro, imprescindible en aquella
época, «su harina sirvió de cataplasma y pienso para el
ganado cuando iba a parir o estaba enfermo. Se podía utilizar
como comestible, pero era muy fuerte y había estómagos que
no la asimilaban, yo recuerdo haberla probado en la guerra».
La siembra se realizaba a voleo y la planta
necesitaba riego, «las flores caídas formaban un tapiz precioso,
luego se majaba y se peinaba con el rastrillo. Mujeres experimentadas
sacaban las hebras e hilaban en la rueca».
Mención especial merece el manal para majar,
«un verdadero arte, cuatro hombres a un lado y cuatro al
otro. Teníamos mucho trabajo pero también alegría, todo
se hacía cantando». Los útiles para momentos festivos también
ocupan su sitio en el museo, que guarda el palo de madera
de donde se sacaban las cintas en algunas danzas, «un cura
prohibió bailar el lazo en Codesal porque decía que se levantaban
las faldas de las mozas y se veían las puntillas», lamenta
Argimiro Crespo.
Para visitar el museo, contactar con Argimiro Crespo o preguntar en el pueblo por él.
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